Las tarjetas negras y las retribuciones de los banqueros

Hay una lógica y unánime indignación ante el escándalo de las llamadas “tarjetas negras de Bankia”: 15 millones de euros en sobresueldos que circularon secretamente durante varios años entre ochenta y tantos receptores de esas tarjetas que no cotizaban a Hacienda y que, en algunos casos, se sumaban a otro tipo de retribuciones de cantidades ya de por sí astronómicas. Como eran “de empresa”, esos gastos concretos que se realizaron mediante las tarjetas pueden ser ahora públicos, aumentando el escándalo, pues desvelan una cierta forma de vida, una práctica  habitual de quienes dirigen este país.

Aunque representen cantidades alejadas de la imaginación de la mayoría de la gente, ya suficientemente deprimida por el desempleo, el lastimoso panorama socio laboral y la corrupción de las élites  el caso de las tarjetas negras no es sino una pequeña muestra del fraude y el robo sistemático que se ha estado cometiendo contra la ciudadanía, ya sea por los banqueros en los bancos privados colocados para provocar su hundimiento, o por infames personajes que representaban a los partidos y a los sindicatos mayoritarios, colocados éstos en las Cajas supuestamente para ejercer un cierto control. Sin embargo, esas “pequeñas cantidades” han sido más que suficientes para acallar y corromper a quien ya no lo estuviera.

Pero hay además un interesado afán en señalar solamente el escándalo en “el caso de las tarjetas”, ocultando la situación general en la banca española. ¿Y qué es lo que se oculta, lo que no se dice?

Se trata de ocultar que las retribuciones de los gestores y consejeros de las grandes empresas y de la banca privada son mucho más escandalosas, y el detalle de sus gastos resultarían igualmente alucinantes.  Porque también tienen dinero opaco, paraísos fiscales, u operan con  SICAVS.

Se trata de ocultar que la banca privada también ha recibido y recibe cuantiosas ayudas públicas que pagamos entre todos.

Y que las Cajas, aunque han cumplido un importante papel social, no eran banca pública, y los desastres producidos en ellas son históricamente recientes y coinciden con el proceso de bancarización e imitación del funcionamiento de las entidades privadas.

Que  el deterioro y bancarización de las Cajas forma parte de una estrategia largamente planificada, para quedárselas “regaladas”,  fraguada por quienes gestionan lo público, parasitándolo, para, al final, una vez desprestigiado, privatizarlo. Ese es el gran robo.

La corrupción y compra de las personas no es un peligro desconocido por los partidos políticos y las organizaciones que se presentan como defensoras de los intereses comunes de la gente. Haberlo evitado es parte de su trabajo y compromiso y por lo que ahora deben responder ante la ciudadanía

En definitiva,  que aunque la corrupción alcanza a personas concretas que no tienen excusa posible, es una descomposición sistémica. De un sistema formalmente democrático, pero intencionadamente vaciado de mecanismos efectivos de supervisión y control, pensado por los poderosos para aumentar/perpetuar su poder. No quieren controles y degradan los que ya existen. Corrompen las instituciones, hacen las leyes y, para colmo, se muestran impunes cuando se saltan sus propias normas.

Los cambios en profundidad son ineludibles y necesarios, y así debiéramos entenderlo todos, porque es difícil que la situación sea peor de lo que tenemos actualmente.

Desde el 15M hemos explicado, por ejemplo, que la actividad financiera que realiza la banca es un servicio público esencial, que tiene un elevado peligro por estar potencialmente en quiebra y que no puede estar en manos de especuladores porque es la mayoría la que se ve finalmente obligada a soportar tanto los fallos del sistema como las consecuencias del diseño de esas quiebras y hundimientos. Y ya que hemos sido obligados a pagar,  la banca rescatada debería ser nuestra. Por eso proponemos una banca pública que mantenga características específicas que no permitan estos excesos de sueldos y sobresueldos, de opacidad y privilegios ni, por supuesto, de tarjetas negras.

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